martes, 25 de noviembre de 2014

Errancia marplatense: sabores y evocaciones en "Lo de Tata"

Me resulta espantoso comenzar un texto atajándome, abriendo el paraguas. Y para colmo, con dos gerundios en la primera oración...¡y en primera persona! Y bué, quevacé. Aviso entonces: todo lo que van a leer en las líneas que siguen no es el tipo de posteo (recorrido, experiencia) que suele habitar este barrio.

Estuve el fin de semana en Mar del Plata, mi ciudad natal. No tenía plan gastronómico alguno, aunque sí un par de cuentas pendientes que aproveché para mostrar vía Twitter (recopilado en Storifyaquí y acá. Para la noche del domingo feriado, sin embargo, surgió una movida que no iba a dejar pasar: ir a "Lo de Tata", un sitio entrañable ubicado en la esquina de La Rioja y Avellaneda.

Quiero detenerme en cómo fue que llegué a conocerlo. Hace dos años, mientras transitaba los pasillos esquizofrénicos de Twitter, me topé por casualidad con el colega (de pie) Martín Auzmendi, quien desde "Lo de Tata" arrojaba algunos tips sobre pescados autóctonos. Automáticamente se ganó mi atención, que se incrementó hasta la locura cuando leí pez limón. Sí señores, en "Lo de Tata", entre febrero y marzo, se sirve pez limón, una de las gemas más preciadas de nuestros mares.

La mención no es boba ni antojadiza. Cuando leí en voz alta ese tuit comencé un viaje sensorial y emotivo que me llevó a la infancia, a los recuerdos más primitivos y vívidos relacionados al arte de comer. Si bien mi familia nunca tuvo relación directa con la actividad pesquera, más allá de una bisabuela filetera, siempre se comió pescado; de vez en cuando solía aparecer un "contacto" que brindaba productos buenos, bonitos y baratos. Por ejemplo, mi bisabuelo, Miguel, mataba las mañanas de sus sábados cuando partía en bicicleta desde su casa en avenida 39 y 140 hasta la banquina chica, donde pasaba largas horas meta conversa con amigos de la juventud. De ahí, el hombre pasaba por casa, cerca del Mundialista, y dejaba calamares, pescadilla y pez pollo, entre otras cosas, de acuerdo al resultado de la garroneada. Inolvidable.

En esos años, allá por mediados de los ochenta, mi papá solía conseguir pez limón en febrero, asunto que no era tan sencillo, según recuerdo. Íbamos, junto a unos parientes que vacacionaban como durante un mes en la ciudad (a la usanza de las viejas temporadas), a los fogones que pertenecían al sindicato de empleados de casinos en la Laguna de los Padres. Días y tardes extensas con picada, sifones y damajuanas. Y el pez limón ahí, protagonista estelar, como si luciera en una de esas marquesinas rutilantes de los teatros de avenida Luro, envuelto en papel de aluminio, impregnado por el jugo de limón y una hierba verde que no logro descifrar casi treinta años después.

No hubo más pez limón, ni camping. Los parientes dejaron de tomarse "la temporada", sus hijos crecieron. Papá tampoco está. Otra vez, de nuevo, el pez limón que conecta todo ese vórtice inmanejable de pasiones, de sentimientos. Y ahí apareció "Lo de Tata". ¿Casualidad? Claro que no. Meses después fui, carcomido por la ansiedad y la pasé muy bien. Reincidí no mucho tiempo más tarde. Y volveré a hacerlo.

PD: Todavía no he probado el pez limón de la casa, pero no faltará oportunidad. Y, lógicamente, lo compartiré con todos ustedes.






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