martes, 13 de octubre de 2015

La agonía de un bar


La fachada despertaba mi interés cada vez que pasaba por el lugar. Ese toldo verde a 45 grados, las ventanas, la oscuridad proyectada hacia un interior difuso, inaccesible a primera vista. "Algún día tengo que tirar el coche por la zona y venir, qué joder", me dije varias veces. Se llama "Berlín" y está en calle 5 entre 39 y 40. Una tarde de esta primavera segunda selección pude conocerlo.


El interior era algo más pequeño del que había elaborado en el plano imaginario. El estante donde reposaban las bebidas era de escasas dimensiones, con apenas un grupúsculo de ejemplares destacables. Desde el televisor, a todo volumen, un par de pescadores de la península de la Florida peleaban, literalmente, contra viento y marea para atrapar atunes de considerable tamaño a "muy buen precio". Siempre se aprende algo nuevo.




Los parroquianos iban y venían. Me ubiqué debajo del tevé y pedí un sánguche con pan de olivas, rúcula, tomate y queso. Estuvo bien. Pero globalmente el lugar no me terminaba de cerrar. Me acerqué a la barra y dialogué con el propietario, Ariel, quien de entrada y sin vueltas dijo que "el año que viene lo cambio todo, no me gusta nada esta onda bohemia". Uno a cero abajo en el marcador.




"Este bar se llamaba Baguette y tenía esta cosa antigua. Lo voy a pintar de blanco, decorar con objetos que hagan alusión a Berlín y lavarle un poco la cara, algo más integral. Acá trabajamos con los oficinistas de la zona, no se condice con lo que este lugar aparenta. Vengo a las 5 de la mañana y a las 4 de la tarde bajo la persiana", explicó.





Pagué la cuenta, saludé amablemente y me fui con una certeza: el espíritu del lugar ya transitaba las últimas horas de su existencia.




No hay comentarios. :

Publicar un comentario