jueves, 3 de agosto de 2017

El Tranviario Automotor, bodegón

    Entre la Plaza Malvinas y el Parque San Martín, un bodegón, buffet, club, salón comedor. Todo eso junto. Y más. Cancha de bochas. Humo, cartas, tragos en vaso largo y sifones. La mística del Manteca, el hombre orquesta del lugar. Pasen y vean la Asociación Deportiva, Social y Cultural Tranviario Automotor. O simplemente el Tranviario Automotor






Calle 50 número 1323, mano derecha, a poco más de una cuadra de la Dirección Municipal de Tránsito. Frente de ladrillos a la vista. No hay cartel del Tranviario Automotor, sólo una placa de bronce gastada que puede apreciarse al detalle recién cuando te ubicás al metro de distancia. Pasa desapercibida  para cualquier caminante ocasional, como el club, bah. Una puerta que suele estar cerrada y una persiana a media asta completan el camuflaje.
Cruzar el umbral remite, cual sopapo a mano abierta, a los recuerdos en sepia del tranvía urbano de pasajeros.



Los jueves es el día especial. El menú es único y simple: carne hasta decir “listo, basta, no doy más”. La pantagruélica sesión carnívora es fruto de la sapiencia del Manteca, parrillero, mozo, anfitrión, entre otras cualidades. Metro noventa, chaqueta de mozo azul petróleo, manos como patios. El  hombre, hincha de Olimpo, dialoga con la parrilla, brasas y carnes, acompañado por algún parroquiano y una copa de champán que parece no vaciarse nunca.  



Mientras espero en la puerta a unos amigos, un 405 blanco se sube a la vereda y estaciona, literalmente, a pasos de la entrada. Bajan dos hombres e ingresan con total naturalidad, como si nada. La escena adelanta el carácter de la noche por venir.
-Buenas noches, muchachos.
-Tenemos una reserva para 10, jefe.
-Ah, sí, adelante, pasen, es la del fondo.




Desfilamos al lado de la barra, donde un par de hombres meta pitillar comparten aperitivos. Otros se entretienen a pura baraja. Saludan atentos, asintiendo con la cabeza. La mesa es la última del salón, al lado del baño de damas. Tablón recubierto de hule verde manzana. Vino, soda, pan y fritas.



Una vez que el plantel se completa, se da el puntapié inicial: por 250 pesos el Manteca trae diferentes porciones, en formato de ronda, de vueltas.  Como la lógica lo indica, todo comienza con el chorizo y la morcilla, ambos exquisitos.




Cuesta detallar la progresión y no por los vahos alcohólicos del entrañable Vasco Viejo, no señor. Los tiempos entre las apariciones del Manteca parecen estudiados al detalle, incluso, por qué no, programados. Siempre el comensal tiene a disposición el pedazo de carne necesario cuando el bagre empieza a picar.




Cada sucesiva irrupción estelar del hombre de la casa, con la bandeja rectangular de acero repleta de comida, ayuda a entender su apodo: el punto de cocción y la sal bailan en demencial armonía, es una manteca.



Chorizo, morcilla, costilla gruesa, vacío, costilla fina, cerdo y asado banderita en dos, tres o qué se yo cuántas ocasiones. La música de los cubiertos rasgando los platos, un gol de Racing en Colombia, griterío, la política, Jorge Asís y su cátedra semanal por América, todo junto en un vórtice de energía inmortal e irrefrenable que retumba en cada uno de aquellos pechos. Brindis interminables, ceniceros rebalsados de puchos apagados, Melingo, los vicios, la canción del feliz cumpleaños en formato de Marcha Peronista, fotos, abrazos, risas, tangos y versos.
“En el Tranviario Automotor sos vos. Te cansás de ser vos", me dice un sabio amigo en la previa. Ahora puedo decir que tiene toda la razón del mundo.






No hay comentarios. :

Publicar un comentario